Encuestas de opinión pública y democracia
Bienvenidas sean las encuestas como representativas del sentir de los ciudadanos, pero nunca olvidemos que los ciudadanos somos mucho más que consumidores de tentadoras promesas y nuestros líderes mucho más que simples maestros de la simpatía.
La semana que termina sorprendió a la ciudadanía más informada con tres encuestas de opinión pública con significativas diferencias tan grandes como las que separan las riberas del río Biobío. Como siempre, habrá un razonamiento técnico que intente justificar las diferencias. Se discutirá acerca de la calidad de la muestra. El profesionalismo de los encuestadores en terreno también saldrá a relucir. Se dirá que las preguntas y su orden fueron diferentes, como distintos fueron los momentos y lugares en que se aplicaron. Hasta quizás se nos hablará de un clima electoral aún no debidamente asentado. Todo muy cierto.
Anoto que al error técnico se suma el horror ético. Pues a través de las encuestas se puede mentir, es decir, dar por cierto algo que se cree falso, con la intención de dañar a alguien. Seamos claros: aunque la legislación pertinente y el escrutinio público exijan cada vez más fiabilidad técnica, el riesgo de la manipulación política siempre será una posibilidad real, sobre todo en nuestra pequeña e inigualitaria sociedad donde centros de pensamiento, medios de comunicación e intereses corporativos están estrechamente unidos.
Las dos críticas anteriores error técnico y horror ético no son teóricas. Se me viene a la memoria el titular del diario “El Mercurio” del 2 de octubre de 1988. “Proyección da ganador al Sí con un 54% contra un 46% del No”. El subtítulo era “Los sondeos indican un progresivo aumento de la mayoría al Presidente Pinochet, a partir de su nominación y de las declaraciones del dirigente comunista Volodia Teitelboim”. No dudo que encuestadores y periodistas fueron objeto de las peores presiones. Pero el ejemplo es ilustrativo. Por lo demás, pasa en las mejores familias. Hay una famosa foto en que un sonriente Harry Truman sostiene en sus manos al diario “Chicago Daily Tribune” del 3 de noviembre de 1948. El titular decía: “Dewey vence a Truman”. Pero fue el presidente Truman quien ganó, contra todas las encuestas de opinión y el 85% de los diarios de la nación.
El 9 de noviembre de este año se cumplen veinte años de la caída del muro de Berlín. Quien presidía la gran nación del norte, en su momento de mayor esplendor, era George Bush padre. Luego, la Guerra del Golfo lo haría aún más querido. En ese contexto se presentó a la reelección. Las encuestas le daban niveles siderales de popularidad. Los principales oponentes demócratas no se presentaron. Sí lo hizo un gobernador sureño llamado Bill Clinton.
Era un saludo a la bandera. Hasta que unos aficionados grabaron una feroz golpiza policial a un hombre de color en Los Angeles, California. Al decretarse la absolución de los cuatro policías blancos, se produjo un estallido social y racial que dejó 52 personas muertas y mil millones de dólares en daños. Todo esto lo vio por televisión una nación aterrada, que descubrió cómo una década de bajar impuestos, recortar inversión social y dotarse del armamento más sofisticado habían dejado a la democracia con una honda deuda racial y social. Bill Clinton dijo: “Es la economía, estúpido”, y prometió renovar el sueño norteamericano de “justicia para todos”. El resto de la historia es conocida.
Concluyamos entonces que el tercer riesgo de un uso indiscriminado de las encuestas es olvidar que la política es mucho más que representar los intereses, opiniones, temores y deseos inmediatos del electorado. El líder democrático es quien representa a la ciudadanía. Sin duda, pero también es quien le presenta una visión de país a realizar y un camino a seguir. Es decir, la política también es conducción. Si olvidamos esto, el liderazgo público, llamado a decirnos muchas veces verdades incómodas y anunciar sacrificios compartidos para realizar las grandes tareas nacionales, es condenado al simple halago de la aparente mayoría de turno. Bienvenidas sean las encuestas como representativas del sentir de los ciudadanos, pero nunca olvidemos que los ciudadanos somos mucho más que consumidores de tentadoras promesas y nuestros líderes mucho más que simples maestros de la simpatía.
Sergio Micco A., abogado, cientista político y doctor en filosofía







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