Aún tenemos patria ciudadanos:Toque de queda, saqueo y un diálogo entre Santiago Arcos, Camilo Henríquez y Juan Egaña
Todo Chile está conmocionado por el “terremoto moral” que significaron los saqueos que se expandieron como una verdadera plaga, inmediatamente después del terremoto físico. Así lo llamó el Arzobispo de Concepción y, a estas alturas del partido, no parece exagerado llamarlo de ese modo. Se encendió la polémica. ¿Por qué el gobierno no puso las tropas en la calle el mismo sábado por la noche? ¿Por qué no impuso el toque de queda cuando la experiencia histórica así lo hacían conveniente? Derechamente algunos reclamaron por qué no se decretó estado de sitio. No faltaron las historias “ejemplares” de fusilamientos en las plazas públicas tras terremotos como el de Valparaíso.
Se me viene a la memoria una carta que Santiago Arcos le dirigió a Francisco Bilbao, el 29 de octubre de 1852. Escribe, desde la cárcel de Santiago, en contra del orden establecido tras la Independencia. Abomina ese Chile en el cual hay “cien mil ricos que labran los campos, laborean las minas y acarrean el producto de sus haciendas con un millón cuatrocientos mil pobres”. En tal desigual e injusta sociedad, Santiago Arcos dice que “los rotos, plebe en las ciudades, peones, inquilinos, sirvientes en los campos” por mucho que se esfuercen y junten capital jamás serán bienvenidos entre los ricos.
Ante este cuadro social, Arcos le dice a Bilbao que las instituciones y las leyes son malas pues imponen un orden político injusto en que los ciudadanos no tienen garantía constitucional alguna. Lo que mantenía el orden era la fiereza brutal de la clase gobernante. Pero si ésta llegase a faltar, vendría la anarquía. “Así el país vivirá siempre entre dos anarquías: el estado de sitio, que es la anarquía a favor de unos cuantos ricos; y la anarquía, que es el estado de sitio a favor de unos cuantos pobres”.
Me quedan resonando en los oídos y en el corazón estas palabras. No quiero justificar nada, pero sí intentar comprenderlo todo. No puede ser que nuestro Estado de Derecho sea así de vulnerable en medio de una catástrofe, por grande que sea. Caídas las instituciones regulares, los vecinos de Concepción, Talcahuano, Lota, Quilicura, por mencionar algunas comunas, son sometidas a la anarquía del pillaje de la turbamulta y a la imposición, en los hechos, de un arresto domiciliario terrorífico. Los temores sociales se encienden. Los vecinos de un barrio de profesionales de San Pedro de la Paz serán asaltados por los pobres y cesantes de Lota y Coronel. Los habitantes de un pasaje de Cerro Navia son alertados que los temibles vecinos de ciertas poblaciones de Renca afilan sus hachas. Y no hay más solución inmediata que la autodefensa vecinal y pedir a gritos que se decrete toque de queda y que los militares salgan a la calle. Bien que se haya hecho, pero… ¿eso sería todo?
Santiago Arcos no se sorprendería viendo TVN o escuchando Cooperativa del Bicentenario. Su solución sigue siendo válida: “Queremos asegurar la paz por el único medio eficaz, haciendo que las instituciones sean el patrimonio de cada ciudadano y estén en armonía con intereses de una fuerte mayoría”. Creíamos haberlo logrado. Mucho hemos avanzado desde 1852. Pero parece ser que hay chilenos que no lo entienden así y lo hicieron ver con salvajismo estos últimos días.
Recibo un correo electrónico de la provincia de Concepción. Es un abogado quien escribe a sus compañeros de generación. “Ayer nos reuníamos para salir a tomar un copete a algún pub o casino. Hoy día damos gracias a Dios por tomar un vaso de agua, sin cuestionar su origen”. Tras describir sus tres horas haciendo cola en la villa para comprar lo que se pueda, recuerda como dos centros comerciales fueron saqueados. “De manera completa, metódica y absoluta. A plena luz del día. Todo, se llevaron hasta las mascotas de la tienda. Todo”. En el centro mismo de la capital regional le “tocó asistir, a plena luz del día, al saqueo de tiendas de golosinas (distribuidoras), supermercados, tiendas de muebles, bodegas de Ripley, Falabella, y otras, con personas de toda clase social, con tantos vehículos que cortaron el tránsito en calle Los Carrera, en sus seis pistas”.
Un igualitarista de los albores de la república chilena no dudaría en decirle a mi amigo que lo que relata es fruto maldito de las desigualdades existentes en Chile. Santiago Arcos le diría que cuando la ley no garantiza la justicia y no refrena el abuso de los poderosos, los pobres se rebelarán apenas puedan, imponiendo su “anarquía”. Ello llevará a los ricos a imponer su “estado de sitio”… hasta la próxima revuelta.
Sin embargo, mi amigo abogado es hijo de la tradición republicana chilena y sólo coincidiría en parte con Don Santiago. Los republicanos, tanto los que hicieron su hogar en el bando conservador como los más radicales, no estarían plenamente conforme con la explicación de Arcos. Es cierto que cuando los débiles no están bien protegidos por la fuerza pública, cunde la infelicidad y la indiferencia por el bien común. Sí, pero qué decirle al Intendente de Concepción quien nos dice que no estaba preparado para los saqueos dirigidos por personas conduciendo “cuatro por cuatro”. Mi amigo y mi padre los vieron. Filas de autos saqueando. ¿Por qué esos conductores no se fueron a poner a disposición de la Intendencia o de la Municipalidad para ayudar al compatriota? Pues los republicanos saben que siempre y cualquier lugar debe amarse la patria. Ella es la libertad y las leyes, diría don Juan Egaña. Virtud pública que nos llama a realizar esa “disposición generosa de sacrificar su interés personal al interés universal del pueblo”.
Amar a Chile es fácil cuando se es acomodado y se vive en circunstancias de normalidad. Lo difícil es cuando se es pobre o caído el Estado de Derecho, surge el miedo a perderlo todo. Pues lo difícil es hacer valer la libertad del republicano frente al aspirante a tirano, sea uno en el palacio de gobierno o miles en las calles. Patriotismo de los jueces, carabineros, soldados y funcionarios públicos que hacen hoy triunfar la ley, apresan al perturbador de la quietud cívica y reponen el orden público. Patriotismo de esos vecinos de mis ancianas tías que venciendo el miedo, partieron a ayudarlas. Patriotismo de esas paramédicos, doctoras y enfermeras que cruzaron a pie el puente sobre el Bío Bío para ir a atender a sus enfermos, para no dejarlos desamparados; dejando solas sus casas. Patriotismo del médico que en bicicleta sabía muy bien en qué consistía su deber. Patriotismo de esos jóvenes voluntarios que salieron a recoger alimentos no para ellos, sino que para los otros. Patriotismo de los comunicadores sociales que no infundían alarma ni rabia, sino que tranquilidad y solidaridad. Patriotismo de esos bomberos, voluntarios por cierto, que arriesgan aún su vida escarbando escombros en busca de esperanza. Patriotismo de esa mujer que lloraba avergonzada ante el conductor de televisión diciendo que ella y su hija tenían necesidad, pero que no participarían en ningún saqueo. Patriotas que no tenían que esperar ayuda de nadie ni recibir instrucciones de ninguna autoridad para cumplir con su deber.
Sin esos patriotas, Camilo Henríquez diría que “estamos condenados a ser esclavos eternamente”. No hay república sin republicanos y no hay libertad sin hacer lo que se necesita para ser libres. Eso es los que los republicanos llaman patriotismo. A Dios gracias eso también ha existido anónimamente, todos estos angustiosos días, en la provincia de Concepción y en Chile entero.
Por: Sergio Micco Aguayo. Abogado, cientista político y doctor en filosofía política.






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