¿Qué respuestas vamos a diseñar a partir de los cambios en la realidad que vivimos?
En un nuevo encuentro de la Comisión de Sustentabilidad Ambiental y Social, Azun Candina, Académica del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, abordó el tema “Las catástrofes no tan naturales en perspectiva histórica: Chile como país de tragedias y oportunidades”
El director del CED, Guillermo Espinoza, dio la bienvenida a los asistentes e introdujo la conversación, recordando que el tema ha tomado efervescencia luego del mega terremoto y maremoto que afectó a gran superficie del país y que su ubicó en la 5ª posición en la escala de sismos “medidos”. Además, la experiencia de vivir en “directo” el evento, dada la cantidad de medios y la cobertura e instantaneidad de éstos, sumada a la carga emotiva que tanto las predicciones, anuncios de fin de mundo e, incluso, interpretaciones religiosas han generado, relevan aún más la catástrofe.
Sin embargo, Espinoza recordó que cuando miramos lo que pasa en Chile, eventos como éste son frecuentes. Problemas similares han colapsado al país con una periodicidad de alrededor de 5 años, aunque también, Chile ha sabido reconstruirse en cada ocasión.
Pero a esta realidad la sigue una gran paradoja: se hizo evidente, luego de este gran sismo -compuesto por dos epicentros, que afectó a más de 500 kms. de nuestro territorio, el que a su vez, tiene la condición de ser la zona más poblada- que Chile carece de la capacidad instalada y de las instituciones que deberían encargarse de la prevención y acción para enfrentar las consecuencias de estos eventos, pese a la gran recurrencia de ellos.
Al comenzar su exposición, Azun Candina, coincidió en el diagnóstico realizado por el director del CED y puso énfasis en la idea que este “desastre no tan natural” debe abordarse no sólo como una tragedia, que sin duda es, sino también como una oportunidad para realizar una ocupación del territorio acorde con la condición de éste. En este punto, vinculó el análisis con la acción del CED, institución que en su eje central tiene trabajar por el desarrollo del país, y que ha puesto énfasis en que éste no se alcanzará si no se hace con conciencia del territorio que se habita.
En la primera parte de la conversación, Candina hizo un diagnóstico sobre las certezas básicas sobre las que se desarrolla la cotidianeidad de la comunidad y cómo éstas sufrieron una drástica ruptura. Por ejemplo, la falta de servicios básicos, de vías de conectividad, de paz social, de desempoderamiento de la autoridad, etc. Sin embargo, la profesional nos recordó que todos estas consecuencias, que califican la evento del 27 de febrero como catástrofe, no están asociados a lo que provoca la naturaleza, sino más bien a un fenómeno histórico, entendido como aquel que responde a causas sociales, políticas, culturales y económicas que se combinan para genera un cambio en un grupo social determinado. Es decir, la condición de catástrofe no estuvo dada por la acción de la naturaleza, sino que ello responde a una gradualidad de acontecimientos que devienen en una transformación del contexto en que se produjeron.
Luego de esta aclaración, Azun Candina, dio un paseo por la historia de nuestro país, vinculándola a la acción de los terremotos, los aprendizajes obtenidos de ellos, su impronta en la conformación de la imagen país y en el desarrollo de Chile.
Con la información y análisis desarrollado por la experta, se tomó conciencia de la condición de vulnerabilidad de la ocupación humana en Chile, la que, desde los registros de la Conquista, dan cuenta de los golpes asestados por la naturaleza y del aprendizaje que, tanto por la experiencia de ellos como por medio de la tradición de los grupos prehispánicos que habitaban el territorio, se fue haciendo y que marcó el desarrollo de los asentamientos y las ciudades.
El énfasis en este punto fue clave para comprender los efectos de los terremotos en el crecimiento de Chile. Sin lugar a dudas que cada experiencia se fue plasmando en el imaginario y se fue trasmitiendo, primero de maneras básicas como a través de la tradición oral, luego con registros de cronistas y viajeros, hasta hoy en que las exploraciones de los acontecimientos entregan información completísima que permite tomar decisiones para actuar de la manera más adecuada. Sin embargo, ello no ha sido suficiente y la historiadora destaca que, como es natural, la relación entre vulnerabilidad y habitabilidad se vuelve más complicada en la medida en que los estándares y condiciones de vida son cada vez mejores. Es decir, luego de estos eventos la naturaleza nos hace volcarnos al aprendizaje de antaño, pero la dificultad se presenta a la hora de organizar a la comunidad en torno a éstos, sobre todo cuando se trata de coordinar e involucrar a millones de personas.
Entonces, Candina presenta el desafío final: ¿Qué respuestas vamos a diseñar a partir de estos cambios en la realidad que vivimos? La indicación a esta interrogante sólo estará dada como fruto de una política de Estado que sea capaz de coordinar un trabajo, orientado a la prevención, a la solución y a la acción , que debe ser desarrollado por miles de personas en las diferentes instancias y en los diferentes roles que ejerzan ( familias, escuelas, instituciones gubernamentales, organizaciones laborales, comunitarias, etc.), con el propósito de poder responder a cuestionamientos tan básicos como importantes… ¿Qué hacemos cuando trabajamos en un edificio de 25 pisos; qué se hace en una autopista; o cuando cae la telefonía, cómo informamos a los turistas que nos visitan; cómo enfrentamos los riesgos de delincuencia y saqueo o los cambios ambientales en nuestras costas y territorio?
El diagnóstico está hecho, el reto está dado por desarrollar las capacidades y acciones que permitan rearmar una sociedad civil más fuerte que antes, que nos permita responder a éstas y otras inquietudes que surgen cuando la naturaleza nos recuerda nuestra vulnerabilidad.

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