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Carlos Peña: “El problema de Chile es la desigualdad inmerecida”

En un nuevo desayuno correspondiente al Diálogo Público-Privado, el martes 7 de agosto Carlos Peña, abogado y Rector de la Universidad Diego Portales, visitó el Centro de Estudios del Desarrollo.

Para Peña, magíster en sociología y doctor en filosofía, hay dos formas de acercarse al análisis del escenario sociopolítico actual. La primera es hacerlo desde la racionalidad y estrategias de los actores políticos, el segundo (y en el cual él se posiciona) es dar cuenta de las condiciones de posibilidad para la política. Es decir cuáles son las características del subsuelo político.
Para ello es importante, entonces, reflexionar sobre las principales transformación sociológicas del último tiempo. Él las enumera en tres: (1) nueva cuestión social, (2) aumento de reflexividad y (3) abstracción de las relaciones sociales.

Sobre el primer punto, Peña apunta a la generación de una nueva cuestión social, distinta al proletariado urbano. Hoy se trata de nuevos grupos medios, orgullosos de su trayectoria, que han visto el cambio de las condiciones materiales de existencia en tan solo una generación. Estos grupos son distintos a la clase media del siglo XX asociada a la propia expansión del Estado.

Sobre la reflexividad de las relaciones sociales, la modernización capitalista permite que las primeras comunidades de referencia (iglesias, barrios, sindicatos) sean cuestionadas. Así pasamos de una “política de emancipación” (oprimir las causas de desequilibrios de poder) a la “política de vida” (optar por la vida que yo quiero vivir).  El consumo de bienes en estos grupos medios es visto como denigración (por la derecha) y como alienación (por la izquierda y algunos grupos católicos) pero los grupos medios no quieren corrección sino que les reconozcan la trayectoria.

Con respecto a la abstracción de relaciones sociales el mercado tome un rol preponderante, pues con él no se gasta comunicación de subjetividades. Son solo montos, no rostros. Por tanto la política se ve desafiada a superar, por un lado, los clivajes de clases sociales, y por otro, su concepción escatológica. La política, para Peña, debe construir horizontes normativos (sin ser mesiánica ni fáctica) reconociendo que el problema de Chile es la desigualdad inmerecida, equilibrando entre universalismo y contributivismo. Además, la política tendrá que definir una línea divisoria entre las razones públicas y privadas. Para esto las comunidades e iglesias son necesarias en la modernidad en cuanto son electivas y privadas.

En educación afirmó que su preocupación radica en cambiar el círculo vicioso, aún vigente, que permite que las elites se formen en universidades de herederos. Ante ello cree que una vía de solución es instalar un régimen de cuota que permita incorporar a grupos desfavorecidos.

Peña cerró su presentación señalando que las características propias de la sociedad moderna es de progreso y desilusión, “deseo en deseo” más que “satisfacción tras satisfacción”. Sobre la modernización capitalista chilena es optimista: “ningún momento de la historia de Chile merece un segundo de nostalgia. Estamos mucho mejor que antes”.